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    Javier Raygoza Munguía
    Director del semanario PÁGINA Que sí se lee!
    de la Ribera de Chapala


    LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

     

    Una de las fases muy interesantes de nuestra historia patria y de esta región de Chapala es la guerra de independencia, en la que tenemos también nuestros héroes; y puede decirse que nuestro amado Lago fue escenario de una de las acciones más heroicas y más limpias de esta guerra, y nuestros héroes insurgentes pueden ser también de los más simpáticos y ejemplares. Sin embargo, casi nadie se acuerda de ellos.

     

    Empecemos planeando el cuadro general, que luego ellos mismos hablarán.

    El primer enviado de Hidalgo para levantar ejércitos insurgentes y quitar del gobierno a los europeos en los estados de Jalisco y Colima fue D. José Antonio Torres, a quien llamaban El Amo Torres; hombre culto, con don de mando, originario de un pueblo del estado de Guanajuato limítrofe con el de Jalisco que se llamaba Sn. Pedro Piedra Gorda, hoy Ciudad Manuel Doblado. Era por ese tiempo administrador de una hacienda, pero comisionado por Hidalgo la abandonó y junto con D. Miguel Gómez Portugal y un tal Navarro levantó en armas toda la región desde Pénjamo hasta Guadalajara y esta región del Lago de Chapala.

     

    Al suscitarse la guerra de independencia, además de la audiencia de gobierno, formóse en Guadalajara una llamada junta auxiliar, para luchar contra los insurgentes; ésta levantó un ejército de doce mil hombres que los dividió en dos partes, una fue la mando del oidor español D. Juan José Recacho, llegó hasta La Barca, pero ahí fue muy diezmada y se volvieron a la capital de la provincia, la otra al mando del rico hacendado D. Tomás Ignacio Villaseñor, que alcanzó a llegar a Zacoalco, donde fue completamente derrotado por el Amo Torres el 4 de noviembre de 1810.

     

    Se entrega la Ciudad de Guadalajara 

    Con estas derrotas decayó el espíritu militar en los defensores del gobierno virreinal de Guadalajara; D. Roque Abarca, el Presidente de la Audiencia salió de Guadalajara y dejó el gobierno en manos del Ayuntamiento, que se completó con mexicanos; éste se comunicó con Torres, que ofreció respetar la vida y propiedades de los habitantes de Guadalajara, y en consecuencia se le entregó la ciudad el 11 de noviembre, portándose con suma moderación.

     

    D. José Ma. Mercado 

    Las autoridades y los ricos españoles habían huido a Tepic y Sn. Blas, pero ya antes Torres había comisionado al Sr. Cura de Ahualulco D. José María Mercado, para insurreccionar esa región; se levantaron de Ahualulco, Etzatlán y Tequila cerca de mil hombres, armados pocos con armas de fuego, los más con lanzas y ondas y se dirigieron a Tepic; al llegar a Mercado el día 20, se le rindió la ciudad, pasándose a sus banderas la tropa y artillería; puso a su padre de autoridad y marchó contra Sn. Blas. Este puerto, después de pactar con sus defensores se le rindió el 1o. de diciembre.

     

    D. Miguel Hidalgo en Guadalajara 

    D. Miguel Hidalgo salió de Valladolid para Guadalajara el 17 de noviembre, donde fue recibido pomposísimamente, donde se le dio trato regio y el título de Alteza Serenísima y donde publicó bandos aboliendo la esclavitud y los tributos. (12) 

    Pero antes ya el Virrey había organizado sus ejércitos y mandado dos a esta región, al mando de los generales D. Félix María Calleja y D. José de la Cruz, que avanzaban sobre Guadalajara. Salió Hidalgo a combatirlos al Puente de Calderón con cien mil hombres, pero fue derrotado y huyó hacia el norte, donde fue aprehendido y fusilado.

     

    El General Cruz 

    De Guadalajara se fue el Gral. Cruz a Tepic y San Blas, que capturó y volvió luego a Guadalajara a hacerse cargo del gobierno de la Nueva Galicia, que el Virrey le encomendó. El fragmento siguiente, de una carta escrita por él a Calleja, da idea de su carácter: «Vamos a esparcir el horror y la muerte por todas partes, y a que no quede ni un perverso sobre la tierra. He hecho quitar (13) al pueblo de Zapotiltic, que asesinó dos soldados; a otra ejecución que haga de esta naturaleza serán todos cuantos halle. Sepan estos benditos qué quiere decir guerra a muerte.»

     

    Situación de nuestro Estado 

    El historiador D. Carlos Ma. Bustamante en el SUPLEMENTO al libro TRES SIGLOS DE MÉXICO del P. Cavo, nos describe la situación de nuestro estado, en el No. 118 y siguientes de su capítulo sobre el Gobierno del Virrey Calleja diciendo: «118 -Al comenzar la revolución se creyó por muchos, y no sin fundamento, que Jalisco por su extensión y recursos, no menos que por su posición geográfica, sería teatro de las mayores acciones militares, pero la experiencia hizo ver que este era un engaño, pues allí faltó una cabeza que supiese reunir todos los elementos y dar orden a la revolución. 119. -Tomando por texto una exposición de Cruz, se dio idea del estado de la guerra en aquel tiempo, es decir, en 9 de abril de 1812, y por ella se ve que aunque había muchas partidas diseminadas en la provincia y a las que se les perseguía por el Virrey Venegas le había confiado el mando al general Cruz de las provincias de Guanajuato y Michoacán, sin perjuicio de que gobernase al de Jalisco: hasta 21 de abril de 1813 en que se le confirmó a Iturbide el mando de la de Guanajuato. Cruz se desempeñó por medio de Ríos, juez de acordada, de Quintanar, y principalmente del Teniente Coronel D. Pedro Celestino Negrete y del Coronel D. Manuel Angel Linares, los cuales bastaron no sólo para sofocar la revolución en aquella provincia, sino también en Guanajuato y otros puntos.»

     

    Muerte de D. José Antonio Torres 

    En 1812 el caudillo de más valer, D. José Antonio Torres, fue sorprendido en Palo Alto, cerca de Tupátaro en Michoacán, con cuatrocientos hombres, que todos perecieron en el combate, unos acuchillados, otros quemados en unas trojes que les servían de refugio, y sólo Torres fue tomado vivo para llevarlo a Guadalajara. Allí también fue escarnecido por ahorcado, descuartizado su cadáver, quemados sus restos, aventadas sus cenizas, infamada su memoria y arrasada su casa y sembrado de sal el terreno que ocupaba.

     

    Los insurgentes de Chapala 

    En ese mismo año, operaba por la orillas del Lago de Chapala José Encarnación Rosas, nacido en el pueblo de Tlachichilco (queda este pueblo actualmente como a cuatro leguas y media al oriente de Chapala, en la misma ribera del Lago, pero entonces estaba como una legua más adelante. En cuanto al gobierno Civil pertenece a Poncitlán y en cuanto al eclesiástico es jurisdicción de Chapala.) fue Rosas, dice el historiador jalisciense Santoscoy, hijo de un pescador del lugar llamado Pedro, era joven muy robusto, de complexión atlética, que hacía tiempo operaba por las distintas riberas del Lago, de acuerdo con el rico hacendado D. Luis Macías, dueño de la Hacienda de La Palma (a quien los insurgentes de la región le llamaban su Brigadier), con el P. D. Marcos Castellanos, que había nacido en el pueblo de Sahuayo, y con el indígena José Santa Ana, natural del pueblo de Mezcala.

     

    Combates 

    El historiador Bustamante en el No. 121 y siguientes del Capítulo ya citado y que habla sobre el Virrey Calleja, nos sigue diciendo que:

     

    «121.- En 1o. de noviembre de 1812 el realista José Antonio Serrato atacó, siendo comandante de La Barca, en Sn. Pedro Ixicán, a Encarnación Rosas que tenía doscientos hombres; éste no sólo logró rechazarlo y destrozarlo, auxiliado de las fuerzas de Santa Ana, sino que le quitó trescientos fusiles; debiéndose notar que cuando los indios entraron en la acción no llevaban más de seis armas de fuego, algunas lanzas, machetes y piedras.

     

    «122.- El día 3 del mismo mes y año se pasaron Rosas y Santa Ana con toda su fuerza al pueblo de Poncitlán, en donde estaban reunidos todos los dispersos de Serrato, a las órdenes del comandante de aquel pueblo D. Rafael Hernández, quien con mayor número que tenía, de aquel vecindario, de Atotonilco, Ocotlán, Tomatlán, Zapotlán de Rey, Arandas, Jamay y más refuerzo que vino de la Barca, se puso en defensa para resistir a Rosas y Santa Ana. La acción duró todo el día, la ganaron los indios, tomaron doscientos fusiles y otras armas; las tropas realistas se echaron al río, donde pereció la mayor parte de ellos con el armamento, quedando en el campo muchos cadáveres. Los indios vencedores se retiraron al cerro, donde se mantuvieron tres semanas, y bajaron a atacar al cura Álvarez, jefe realista, que estaba de guarnición en Poncitlán; entrando en acción hicieron una falsa retirada al cerro, siguiólos Álvarez hasta este punto y allí formalizaron el ataque; en él perdió el cura Álvarez dos cañones, varias armas, como sables y pistolas, con más de cien fusiles, y además escapó herido en el pescuezo, dejando muchos muertos; los indios sólo tuvieron cuatro.

     

    «123 .- Pocos días después vinieron a atacar a estos de Poncitlán al cerro de Sn. Miguel; pero salieron a recibir al enemigo al camino, y lo rechazaron.»
     

    Isla de Mexcala

     

    Informados nuestros insurgentes de que los comandantes Celestino Negrete y Manuel Pastor iban a atacar en combinación por distintos puntos y con fuerzas del todo superiores a las suyas, les indicó el Sr. Cura D. Marcos Castellanos la conveniencia de retirarse a la Isla de Mexcala y fortificarse ahí, a la vez que incursionaban por las riberas del lago.

     

    Para que se entienda mejor la narración siguiente, daremos una breve descripción del lugar de los acontecimientos.

     

    El Lago de Chapala ya sabemos cómo es: que está a 16 leguas al sur de Guadalajara, que tenía en ese tiempo 80 leguas de circunferencia con pueblos en su orilla norte desde Chapala hacia el oriente como Sn. Nicolás, Sn. Juan, Tlachichilco, Mezcala y Sn. Pedro Ixicán, la salida del río hacia Ocotlán y Poncitlán y el pueblo de Jamay. En la ribera opuesta estaba lo que ahora es la ciénega, hasta cerca de Guaracha y Sahuayo, La Palma, Tizapán, etc., hasta la orilla occidental en donde está Jocotepec.

     

    La isla de Mezcala es un fuerte inexpugnable por su posición en medio del agua y por su elevación en ronca firme; más cargada al norte y un poco al oriente de la laguna; su distancia a la parte más cercana de la orilla es de 6 ó 7 millas; la isla es un peñón escarpado y estéril aún en sus orillas, en donde están aglomeradas enormes piedras, y sólo en la parte superior suele nacer algún vegetal.

     

    Fue el propio Sr. Cura D. Marcos Castellanos quien dirigió las obras de defensa, formando fuertes cercas en los puntos vulnerables, abriendo cortadas, así como clavando fuertes estacas afiliadas en el fondo del lago; no se descuidó el avituallamiento, se formaron bodegas e hicieron multitud de jacales, ideando de paso el establecimiento de una fábrica de municiones.

     

    Se pusieron de acuerdo con D. Luis Macías, a quien ellos llamaban su Brigadier, y que operaba por las orillas del lago, para que hiciera reconcentración de vituallas, hecho lo cual se retiraron a la isla.

     

    La fuerza permanente que por lo general defendió la isla en el transcurso de los cinco años se componía de 1,000 hombres, aparte niños y mujeres.

     

    Linares en Tizapán

     

    El teniente coronel D. Angel Linares se movilizó a Tizapán, lugar en el que fusiló a algunos vecinos que le parecieron sospechosos, aprehendió a la mujer de Encarnación Rosas y prendió fuego a la población, dedicándose desde esa fecha a concentrar tropas por las orillas del lago, en espera de una lancha cañonera y unos grandes botes que se habían mandado construir al apostadero de Sn. Blas, ardiendo en deseos de atacar la isla. Con el General Cruz consiguió se le permitiese hacer un reconocimiento, órdenes que le fueron giradas en el sentido que lo hiciera con sumas precauciones.

     

    Primera batalla naval

     

    El 26 de febrero de 1813 le pareció conveniente embarcarse, y lo efectuó en una canoa bastante grande, acompañado por su destacamiento, así como en seis canoas más que partieron de Jamay.

     

    Buenos centinelas apostados en la isla, bien pronto descubrieron los barcos que se acercaban y dieron el grito de alarma. Violentamente se apercibieron las humildes canoas para el combate, diestros remeros ocuparon sus puestos y pusieron proa hacia la flota enemiga.

     

    Linares, que observó los preparativos y la marcha que se hacía en su contra, se aprestó a la lucha, pero más tardó en darse cuenta de ello cuando ya tenía dos canoas volcadas, abordaron la suya y se apoderaron del resto; sólo una logró huir llevando al Capitán Galli y unos cuantos más que se salvaron a golpe de remo y por haber venido retrasados en la formación.

     

    El desastre fue espantoso para los españoles; el sanguinario realista Linares fue hecho prisionero y llevado rápidamente a la isla, juzgando y trasladado a Tizapán, lugar en que se le ahorcó en la plaza, en muy justo castigo por sus crueldades. Más de sesenta soldados realistas perecieron durante el abordaje, dieciocho cayeron prisioneros, de los cuales se perdonó a dos y el resto fueron fusilados en la isla, este fue el saldo de la primera batalla naval librada en el lago de Chapala.

     

    Crece la guerra

     

    La pérdida de este jefe, juntamente con la gente que se había perdido en Mezcala y Poncitlán, excitó de tal manera la rabiosa ira del Comandante General y Gobernador D. José de la Cruz, que inmediatamente mandó poner en Tlachichilco, casi al frente de la isla, un campo de mil doscientos hombres de todas armas e hizo construir varias embarcaciones de capacidad y traer otras del puerto de Sn. Blas, dotadas de buenos marinos y competentes piezas de artillería.

     

    Mientras estos aprestos s hacían, que por supuesto demandaron algún tiempo, nuestros isleños no lo pasaron en vano, pues cuidaron de acopiar víveres, trayéndolos de la costa de Tizapán, pusieron sus oficinas de pólvora y balas, introdujeron 13 cañones que trajeron de los Reyes, fabricaron sus jacales e iglesias y perfeccionaron sus murallas de tal suerte que al ras del agua con una contra muralla d piedra se defendía a la primera y evitaba la fuga de los ignorantes que llegaban a tocar entre ambas.

     

    Hechas de uno y otro partido las prevenciones referidas, las guerras siguieron con tanta actividad que casi no había día o noche sin combate y sin que los enemigos de la independencia experimentasen funestos descalabros. El primer caudillo de la Isla fue el Brigadier D. Luis Macías, dueño de la Hacienda de la Palma, situada en la costa sureste de la misma laguna, y por fallecimiento de este jefe se dio el mando absoluto al P. D. Marcos Castellanos.» (14)

     

    El General de la Cruz formó un arsenal en la hacienda Cedros para que bajo la inteligente dirección del Alférez de Fragata, D. José Oñorga, se construyesen cinco buques y una flotante para atacar definitivamente la isla.

     

    Les piden que se rindan

     

    Sin embargo, y en contra absolutamente de su común manera de obrar, hizo envío de parlamentarios que tratasen sobre una rendición decorosa o una guerra total. El parlamentario llegó a la isla en una canoa que lucía una bien grande bandera blanca, siendo ahí recibido cortésmente por el Sr. Cura Castellanos, por Santa Ana y por los capitanes Encarnación Rosas, Pedro Nicolás Padilla y Julio Navarro, estando también presentes en la conferencia gran número de bravos soldados insurgentes.

     

    El Oficial español hizo la proporción de paz, haciendo constar de paso que en caso de no aceptarse correrían ríos de sangre, ya que el gobierno estaba dispuesto a hacerse de la isla en cualquier forma.

     

    Después de leída, se les pregunta a los indios ¿qué es lo que pensaban hacer? y todos responden a un voz y como si saliese de una sola boca... «¡Que corra el sangre»... Voz terrible, voz de despecho y contraseña o guante que se arroja y que no se levantará sin que se verifique este terrible desafío. La laguna de Chapala va a ser el teatro de esta lid.

     

    Terminadas que fueron las embarcaciones fueron llevadas a armar a Chapala, lugar en que fueron lanzadas al agua e hicieron rumbo a Tlachichilco (15). Esta fue la segunda campaña naval en el lago. Tomó el mando de la armada el marino Felipe García, y de la tropa el entonces Coronel realista D. Pedro Celestino Negrete, con 600 hombres perfectamente armados y municionados, quienes en la madrugada del día 20 de junio atacaron violentamente la isla por el N. E. batiéndola desde el agua con fuego de metralla y fusil.

     

    Segunda batalla naval

     

    Los heroicos defensores contestaron rápidamente con el fuego de sus mal montados cañones y fusiles, así como con multitud de piedras que diestros honderos enviaban al enemigo haciéndole destrozos al por mayor, haciéndolos retirar a reformar su formación. Los españoles formaron en diferente cuadro y ayudados por el viento que en ese momento soplaba hacia la isla, desplegaron todas sus velas y furiosos emprendieron nuevo ataque; llamaradas salían de ambos bandos y los barcos avanzaban adquiriendo velocidad, cuando fueron detenidos de repente. Las cercas submarinas que habían colocado los insurgentes y las puntas que tenían paradas bajo el agua y dando frente a una probable embarcación que quisiese tomar tierra, habían surtido su efecto, el mejor buque español, el «Sn. Fernando», yacía varado en plena isla y por lo tanto en poder de los insurgentes; la tripulación desembarcó y fue recibida bravamente por los defensores y los que no sucumbieron en tierra regresaron a ahogarse por los defensores en las aguas del lago. El jefe de la Flota, el señor García, murió durante la batalla, el jefe de la tropa, Coronel Negrete, perdió dos dedos por una pedrada recibida; doscientos hombres perdió el ejército español entre muertos, heridos y prisioneros, un cañón, dos canoas y una caja de parque, dejando como ya hemos dicho al «S. Fernando» en poder de los insurgentes y el prestigio hispano por los suelos.

     

    Avergonzado el Coronel Negrete pidió su relevo del mandó nombrándose en su lugar al de igual grado Dn. José Navarro, mientras que en Guadalajara el Gral. de la Cruz no alcanzaba a comprender cómo unas humildes canoas tripuladas por unos pocos indígenas le ocasionaron tanto destrozo y optó por establecer un bloqueo que les hiciese rendir por hambre.
     

     

    El Bloqueo de la Isla

     

    No había remedio y había que salvar el prestigio español tan mal parado ahí: nombró al Capitán de Fragata de la Real Armada, D. José Navarro, para formar una fuerte flota y organizó el bloque.

     

    Esta flota quedó integrada en la siguiente forma:

     

    Una flotante con cuatro cañones y los sirvientes necesarios, una balandra con 3 cañones y 50 soldados, 2 falúas con un cañón y 12 soldados c. u., 5 lanchas con un cañón y 16 soldados; además de otras dos falúas, las lanchas cañoneras «General Zúñiga», «Lancha Grande» y un gran número de canoas acompañantes.

     

    Desde la creación de la flota del bloqueo en adelante, los insurgentes se dedicaron a burlarla; presentarle combate cuando encontraban algún buque desintegrado y a defenderse intensamente atacando y contra-atacando para introducir víveres a la isla.

     

    Burlan el bloqueo

     

    Casi no hubo día en que no sostuvieron algún combate, ni día que no salieran de su isla, a pesar del terrible bloqueo impuesto. El 1o. de mayo de 1814, los insurgentes michoacanos al mando de D. José Salgado y D. José Ma. Vargas se corrieron hasta la Estancia de Corrales, punto cercano a Tizapán, batiendo y haciendo materialmente pedazos a las fuerzas realistas la mando de los tenientes Coroneles Arango y Cuéllar que constaban de 800 hombres y varios cañones. Aprovechando el desorden que esta derrota necesariamente produjo entre los realistas, fueron introducidos a la isla gran número de víveres. Fue realmente en esta batalla en la que se quitaron de encima los insurgentes, por haber acabado prácticamente con ella, la Columna Volante del Sur de la Nueva Galicia; el Teniente Coronel D. Juan N. Cuéllar murió en la acción y el Teniente Coronel D. Manuel Arango fue hecho prisionero, acordándose su inmediato fusilamiento por sus innúmeras crueldades y haber sido el que aprehendiera la Amo Torres, que fue descuartizado en Guadalajara en el sitio que hoy ocupa el mercado Corona.

     

    El Bloqueo era continuamente burlado, en realidad eran los insurgentes y sus pobres canoas los dueños del lago, de bien poca cosa servían a los españoles balandras, botes y falúas.

     

    Cerca de Mezcala los indios, sabiendo que se les venía a atacar, salieron al encuentro en el puerto de la Peña, derrotaron la fuerza enemiga tan completamente, que sólo se les escaparon dos individuos, muriendo, de la isla un indio y otro que salió herido. También en el puerto del Vigía a un lado de Tlachichilco se concluyó otra acción comenzada en el puerto de la Angostura, que también fue sangrienta, pues en la retirada mataron los indios la mayor parte de la tropa realista, tomaron muchos fusiles, un cajón con parque, y sólo murieron tres indios que venían dispersos.

     

    No es fácil detallar todas las acciones parciales que los indios tuvieron en aquellos puntos, en todas las cuales casi siempre salieron victoriosos, ya fuesen ellos los agresores y ya los agredidos. Acostumbrados a vencer, estaban impacientes cuando no se hallaban en alguna acción militar, pues la guerra llegó a hacerse su ocupación favorita; era asombrosa la agilidad con que volcaban con sus canoas los indios los botes enemigos, aunque construidos a la europea, y por lo mismo más difícil de ser echados a pique. (Cfr. Bustamante, lugar citado.)

     

    El Gobernador va personalmente

     

    Desesperado por esta situación se resolvió el Gral. de la Cruz a dirigir personalmente las operaciones, trasladándose con este motivo a Tlachichilco. Ahí ordenó, hizo planes, observó el terreno, vio a los insurgentes, duró algo más del mes y en realidad no pudo hacer nada y para no hacer el ridículo, regresó a Guadalajara.

     

    Sigue la guerra

     

    La audacia insurgente crecía, pero a la par con ella la flota realista se multiplicaba. Santa Ana y Rosas continuamente incursionaban por las riberas del lago batiendo españoles y adquiriendo víveres y municiones. Santa Ana atacó el 25 de mayo al Teniente Coronel Mangino en Jocotepec con tal arrojo que no tuvo más remedio el español que refugiarse haciéndose fuerte en la iglesia, pero hubo de retirarse Santa Ana por estar próximos a llegar refuerzos realistas. Al día siguiente cayó en Chapala destruyendo totalmente al destacamento de 60 dragones escogidos que la guarnicionaban y retirándose, como ya era costumbre, victorioso y con armas y víveres arrancados al enemigo.

     

    fue el 5 de agosto de 1816 cuando dando muestras de una audacia inaudita los insurgentes, atacaron los pueblos de Atotonilco y la Hacienda de Atequiza. El 17 de agosto Santa Ana sorprendió y derrotó en el cerro del Divisadero al Comandante José Villano, que resultó muerto en acción, quitándole bastantes armas; al día siguiente sufrió Santa Ana una de sus rarísimas faltas de previsión, pues queriendo llevar al P. Castellanos la noticia del triunfo del Divisadero y tratando de llevar el botín a la isla, dejó el mando de la tropa a D. Luis Chávez que se dejó sorprender y fue atacado por fuerte sección realista al mando del Capitán Luis Correa; resistieron bravamente los insurgentes, pero ante el número acabaron por abandonar el campo, en que dejaron 300 cadáveres y 4 cañones. Caro pagaron los insurgentes el triunfo del Divisadero: ahí comenzó el descenso de Mezcala: 300 bravos soldados faltaron de su guarnición y no se pudieron reponer.

     

    Exasperado el Gral. de la Cruz, ordenó fuesen asoladas todas las riberas del lago, quemando pueblos y sembradíos, comisionando para ello al Capitán Luis Correa y al Alférez de Fragata Agustín Bocalón quienes cumplieron muy bien su cometido.
     

    Hambre y epidemia

     

    Por el año de 1816 sobrevino una epidemia a la isla, que casi no contagió a todos, resultando a la vez que como no había en disposición toda la gente necesaria para la conducción de víveres, también les cargó el hambre, de suerte que se vieron en los mayores conflictos.

     

    Muerte de Encarnación Rosas

     

    Por ese tiempo les faltaba también una de sus columnas fuertes, Encarnación Rosas, de quien nunca se ha sabido cómo murió, pero que en ese tiempo ya no existía. (16)

     

    Fin de la defensa

     

    «Ya D. José de la Cruz había en ese tiempo despachado muchos parlamentarios proponiéndoles indulto para que se rindiesen; y aunque habían sido contestados con un carácter constante, hasta el grado de conseguir que en clase de parlamentario, ofreciendo indulto, se entrase un enviado hasta la comandancia, el cual fue oído en su mensaje y mandado regresar a la Angostura con la contestación de que no se indultaban. Empero, como Santa Ana, que era uno de los conductores hasta el muelle, se decidiese a acompañar al mensajero hasta tierra, teniendo por objeto regresar con leña de que carecían, y le picase la curiosidad de saber qué le sucedería si el hablara a D. José de la Cruz, asegurando el otro que nada, pues que por el contrario deseaba hablar con él; le dijo que le dijese que al día siguiente le mandase una embarcación a la isla y que vendría a cumplirse sus deseos, seguro de que no le sucedería daño alguno.»

     

    «En efecto, viendo Santa Ana al siguiente día que la embarcación se dirigía para la isla; entendió que iba por él, y entonces le dijo a la tropa que estaba resuelto a ir al campo a ver qué clase de seguridades se le daban para todos, pues consideraba que ya era muy difícil sostener más tiempo la guerra, así porque carecía de víveres, como por la peste, y generalmente porque los hombres se iban acabando de resultas de una y otra plaga; más que sin embargo, nada se haría sin quedar todos bien asegurados, y antes servía su viaje de dar lugar a que mientras que estaba Santa Ana con Cruz, los demás se dirigiesen a Mezcala a traer leña y víveres por lo que pudiese acontecer. Así fue como se le permitió embarcarse para el campo de Tlachichilco.

     

    «En él lo recibió Cruz con todas demostraciones de agrado, y prometió que les entregaría los pueblos reedificados, que le pondría bueyes, semillas y todo lo necesario para que no tuviesen necesidades; que los casarían, bautizarían y enterrarían de balde; y que finalmente serían tratados con toda consideración.»

     

    «Santa Ana regresó al Islote, y teniendo temor de manifestar a la tropa su embajada, sólo la comunicó la P. Castellanos; quien entendiendo que la oferta podría ser cumplida y que cesarían aquellas guerras, teniendo también temor de comunicarlo a la tropa, se embarcó bajo de todo silencio con Santa Ana para el Campo, a tratar personalmente la capitulación con el Gral. Cruz.»

     

    «En efecto, arreglaron esta; y quedando el P. Castellanos en el campo, Santa Ana acompañó a la tropa Realista hasta la isla, en donde, reconociéndose a Santa Ana, no se hizo resistencia; pues al contrario, hablándoles éste para que se regresasen a sus pueblos a vivir pacíficos, los convenció sin contradicción; de suerte que ese mismo día, que fue el 25 de noviembre le dieron posesión a Cruz de la isla, entregándole 10 cargas de parque, cañones y otras armas. Es de advertir, que aunque los isleños jamás quisieron rendirse, a esto los impelió el hecho de hallarles ese día sin jefes que los dirigiesen, y porque se les aseguró el cumplimiento de la capitulación, y de que se les había nombrado a Santa Ana de Gobernador con el grado de Teniente Coronel. Este convenio tuvo cumplimiento por un año.» (Tomado del informe que sobre la defensa de la isla rindió el insurgente Santa Ana al Gobernador D. Mariano Bárcena.)

     

    Este hecho lo comenta Bustamante en la forma siguiente: «Cuánto dinero, hombres, fatigas y gastos costaría al gobierno de Jalisco conquistar la isla de Mezcala, necesitando traer todos los útiles de marina desde el puerto de Sn. Blas, estableciendo además un astillero, es a la verdad asunto digno de meditarse, y mucho más si se reflexiona las muchas vidas que costó esta conquista, pues los soldados derrotados por los indios siempre morían, o bien en los campos o cuando estaban allí prisioneros: desaparecíanse éstos a centenares y cuando se le preguntaba por ellos a los indios, respondían sonriéndose: «Quién sabe, siñor... si julló», es decir, se huyeron; no podían ciertamente huirse, y su desaparición era porque habían muerto. De este modo fue castigado y humillado el orgullo y petulancia del general Cruz, que consumió en la mayor parte el ejército de su mando en tan desgraciados combates, y así no podía auxiliar al gobierno de México en Valladolid sino con muy cortas fuerzas para contener las del general Morelos en el caso de que hubiera ocupado aquella ciudad; por eso Calleja decía con énfasis: Si Morelos triunfa en esta vez, ya me veré precisado a tratarlo como a un príncipe...» (17)

     

    Por ese tiempo se indultaron de los insurgentes de esta provincia, Montoya y algunos más de Jilotlán.

     

    Siguió la época de cuatro años en que casi se extinguió el movimiento insurgente, excepto el movimiento único que perseveró, el de D. Vicente Guerrero y el que promovió el español D. Francisco Javier Mina, que se acabó con su muerte y la del jalisciense D. Pedro Moreno, hasta el año de 1821en que el gran libertador D. Agustín de Iturbide organizó y realizó la independencia de México.

     

    Este asunto histórico de D. Agustín de Iturbide requiere un estudio detenido y serio que, para no desviar la atención de nuestro asunto trataremos en un APENDICE APARTE, que será muy interesante, tanto para completar esta historia como para entender la época moderna.

     

    Ahora simplemente vamos a narrar con suma brevedad el acontecimiento más notable de nuestra historia, que ilumina, vivifica y ennoblece toda la vida de México; con esto pondremos punto final a la parte de nuestra historia que termina con la independencia:

     

    En la madrugada del día 9 de diciembre del año 1531 (cuando D. Nuño de Guzmán luchaba apenas por conquistar la Nueva Galicia, y ordenaba que se pusiese el nombre de «Guadalajara» a la pequeña Villa que se acababa de fundar en unas lamas cerca de Nochistlán) se apareció la Santísima Virgen María en el cerro del Tepeyac a un indito feliz de nuestra tierra llamado Juan Diego, a quien le dijo que fuera con el Sr. Obispo, que lo era entonces D. Fray Juan de Zumárraga, para pedirle en nombre suyo que le hiciera un TEMPLO allí en el llano, para en él mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa, pues Ella es nuestra piadosa Madre. Pidió el Señor Obispo una señal para conocer que era verdad lo que había afirmado Juan Diego y que en realidad era mensajero de la Madre de Dios, y la misma Virgen Santísima puso en su tilma (18) unas rosas milagrosas que hizo brotar del cerro y se las dio a Juan Diego para que se las llevara al Sr. Obispo como señal; al desbordar la tilma para que cayeran las rosas «se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac, que se nombra Guadalupe».
     

     

    Esta sagrada imagen fue puesta de pronto en el oratorio del Sr. Obispo y luego se trasladó a la ermita que se construyó inmediatamente después en el lugar señalado por la Santísima Virgen, ermita que fue después ampliada y transformada, y es hora la Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

     

    Desde ese lugar ha estado protegiendo a su pueblo y nación. Ella fue su misionera; Ella ablandó la dureza del corazón del indio y dio entrañas humanas y cristianas a los conquistadores, y con las dos razas se formó una raza nueva que es la nuestra; Ella fue la primera Jovencita de esa raza, que estuvo en nuestro suelo y nos dejó como recuerdo de esa visita su hermoso retrato; en 1747, por los beneficios de Ella recibidos y por la esperanza que en Ella se tenían fue jurada Patrona de todo el Reino de la Nueva España, a quien libró de muchos males que le aquejaban; Ella fue la primera bandera de los insurgentes y su primer grito de guerra fue; ¡Viva la Religión! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!; su santa imagen la llevaba el Cura Hidalgo bordada en oro sobre su vistoso uniforme de Generalísimo; por fin, el 27 de septiembre de 1821 entraba triunfante a México el Ejército Libertador, y al día siguiente, 28, empezaba un solemne novenario en la Colegiata de la Sma. Virgen de Guadalupe para dar gracias a Dios por la feliz consumación de la independencia, con asistencia del mismo Iturbide y celebrando de pontifical el Ilmo. Sr. Arzobispo de México D. Pedro Fonte.

     

    La idea de la protección constante y universal de la Santísima Virgen de Guadalupe para el pueblo mexicano la expresa el Excelentísimo Señor Camacho con estas palabras:

     

    La Virgen de Guadalupe se hizo tilma del pueblo mexicano“.

     

    “¿Qué es la tilma para el indio?... Su eterna compañera, su único tesoro. Cuado el sol calcina las broncíneas carnes del indio, prende éste su tilma en los jarales, y se tiende a su sombra a descansar;…ella es, en el invierno, su abrigo único; es su escudo en la pelea; es la cuna de sus niños, cuna blanda que se mece en las espaldas del indio, al compás de su menudo andar; ella es la almohada de sus sienes, el paño de sus lágrimas, y la mortaja de sus restos o la herencia de sus hijos.

     

    “¡Todo eso, todo eso quiso ser Maria, la Reina del Cielo, la Madre de Dios, para nosotros, para sus México, para Xocoyotl…”.

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