Menú

    | Más
    Javier Raygoza Munguía
    Director del semanario PÁGINA Que sí se lee!
    de la Ribera de Chapala

    TRES BIOGRAFÍAS

    Pondremos aquí unas breves biografías de los tres primeros y principales apóstoles y evangelizadores de Chapala y de todas estas tierras, tomadas las dos primeras, casi en su totalidad y casi todo a la letra de las CRÓNICAS DEL PADRE TELLO, en su libro III, y la tercera formada de datos que se citan en el Libro IV.

     

    Fray Martín de Jesús (o de la Coruña) primer apóstol de las provincias de Michoacán y Jalisco

    El bendito Padre Fray Martín de Jesús fue español, de Galicia, natural de la ciudad de Coruña; tomó el hábito en la santa provincia de Santiago, de la cual se pasó a la de Sn. Gabriel y de allí a estas tierras con deseo de la salvación de las almas, siendo uno de aquellos doce primeros apóstoles que vinieron a la conquista espiritual y a fundar la iglesia de este nuevo orbe.

    «Habiendo ganado -dice el Padre Tello- en el año de 1522 el insigne capitán D. Fernando Cortés la gran ciudad de México, se limpiaba de las inmundicias de los cuerpos muertos que de la guerra pasada había en ella y se enderezaban los edificios derribados, calzadas y cañerías; y de allí determinó despachar a diversas provincias sus capitanes, y a uno de ellos, que fue el maese de campo Cristóbal de Olid, le envió al reino de Michoacán, que luego se le dio de paz, porque el rey Chibanga había enviado a dar la obediencia a Cortés; y habiendo heredado el reino por su muerte su hijo Calzontzin, se fue con Cristóbal de Olid a México y dio la obediencia al rey de Castilla, ofreciéndose a sí y a su reino al servicio de Cortés en el año de 1525.

    Habiendo ya venido a México aquellos santos primeros apóstoles el año de 1524, y aficionado Calzontzin de su modo de vida y ley que predicaban, según que está informado, vio a los religiosos, comunicóse con ellos muchos días, y ellos le decían las cosas de nuestra fe y cómo sin ella nadie se puede salvar; oyólos con gusto el rey y después de haberle catequizado algunos días, instruido ya en la doctrina cristiana, a petición suya fue bautizado y puesto por nombre D. Francisco Calzontzin. Bautizado, pues, pidió con muchas instancias al padre Fray Martín de Valencia, como prelado que era, le diese algunos de sus compañeros para que predicasen la ley evangélica y la diesen a conocer a sus vasallos, prometiéndoles ayuda en todo. 

    Entonces el santo Fray Martín de Valencia, viendo que era justificada su petición y que quien le pedía era la persona suprema del reino, que son los que más fácilmente reducen a los menores a las cosas que quieren, señaló por prelado y primer obrero de aquella viña y predicación evangélica al santo Fray Martín de Jesús, (que por otro nombre se le llama de la Coruña).

    El bendito Padre, que ninguna cosa tanto deseaba, dio muchas gracias a Dios por ver sus cumplidos y abierta tan grande puerta para la predicación del Evangelio; y en compañía de Fr. Andrés de Córdova, religioso lego, fue de Michoacán, yendo con ellos el rey D. Francisco; y llegados a la ciudad de Zinzóntzan, corte y metrópoli del reino, habiendo señalado puesto para fundar el convento, el santo Padre Fr. Martín, verdadero imitador de nuestro Padre San Francisco de Asís en el espíritu de la santa pobreza, lo hizo de palos y paja, y en él decía misa; y luego los benditos Padres con alas de divino espíritu, corrieron todos los pueblos y provincias de Michoacán hasta Zacatula, Motines y Colima, predicando el santo evangelio, que parece cosa imposible que dos religiosos a pie y descalzos caminasen sin viático, con tanta velocidad, serranías fragosísimas y valles de espesísimas arboledas, espinos y manglares, llenas de pobladas de animales feroces y sabandijas ponzoñosísimas, que aún el día de hoy, con aventajadísimas comodidades se caminan dificultosamente. (P. Tello en 1560).

    Volvió el Padre Fr. Martín de Jesús a la ciudad de México a dar noticia a su santo prelado de la abundantísima mies que habían visto; y así el religioso superior, Fr. Martín de Valencia, con orden y consejo del capitán general D. Fernando Cortés, nombró otros sacerdotes que fuesen en compañía del P. Fr. Martín a la conversión de aquellos reinos; y a los fines del año 1527 y principios del 28 señalaron para esta empresa a los benditos Padres Fr. Angel de Salcedo, Fr. Gerónimo de la Cruz, Fr. Juan de Badía o Badillo y Fr. Juan de Padilla.

    Fueron otra vez a la ciudad de Zintzontzan y se recogieron en el albergue de aquel pobre convento en el cual decían misa, catequizaban y bautizaban cada día infinitos indios.

    Ellos para mostrar su efecto, trataron entre todos de edificar otro convento mejor y más capaz y donde con más comodidad pudiesen estar los religioso, solicitándolo al buen rey D. Francisco Caltzontzin, y así lo fundaron en la orilla de aquella famosa laguna de Pátzcuaro y le dedicaron a la gloriosa Santa Ana; fue este el seminario de donde salieron estos apostólicos varones, y otros que después fueron por diversas partes para la conversión de aquel reino y el de Jalisco. (Desde el dicho convento de Zintzontzan comenzó la predicación del santo evangelio por los dichos Padres y por otros religiosos que después fueron) y lo primero que hicieron fue dirigirse a las costas, a donde por todos los caminos iban sembrando la semilla del santo evangelio, y el santo Fr. Martín de Jesús fue a Colima y siguió caminando hasta llegar a la provincia y Valle de Banderas donde estuvieron predicando, catequizando, bautizando y enseñando la doctrina cristiana mucho tiempo; y habiendo convertido a muchos infieles y bautizándolos, el año de 1531 fue el bendito Padre Fr. Martín de Jesús a la provincia de Ávalos, que es en lo de Jalisco, y anduvo en la laguna de Chapala en aquella tierra (que se llamaba en aquel tiempo Cutzalán) junto al pueblo que ahora se llama Axixic; en aquel tiempo era una gran provincia que comprendía desde Axixic hasta Sn. Luis Soyatlán; gobernaba un cacique llamado Xitomatl o Chacuaco, que después de bautizado se llamó D. Andrés Carlos. Convirtió todas las gentes que en ella vivían y erigió una iglesia en Cutzalán y la dedicó al glorioso precursor San Juan Bautista.

    Poco después determinó hacer una templo más capaz y un convento formal viviesen varios religiosos, para la atención de toda aquella gente, y de acuerdo con el rey o cacique D. Andrés Carlos se hizo en Ajijic y se terminó dicha fábrica del convento el año 1539; fue éste el segundo que se fundó en esta provincia.

    Nombrado Superior de los que evangelizaban en esta conquista, predicó en todos los pueblos y edificó muchas iglesias.

    fue varón de gran perfección que sobresalió en todo género de virtudes, particularmente en la paciencia, que nunca, por ocasión que le diesen, la perdió; en la oración fue muy continuo y nunca, se apartaba de ella ni de la presencia de Dios en cualquier cosa que hiciese, aunque fuese caminando o estando sentado a la mesa. fue hombre muy penitente y austero para su cuerpo y de excelentísima caridad para con los prójimos. Muchos años antes de su muerte le quitó Nuestro Señor los movimientos de la sensualidad, haciéndole tan señor de sí que en estas cosas no parecía hombre sino ángel; el Santo Fr. Francisco de Soto daba testimonio de la gran santidad de este siervo de Dios diciendo que le tenía por tan santo y aún más que a Fr. Martín de Valencia.

    Murió en el convento de Pátzcuaro y se dice que después de muerto le vieron con vestiduras blancas, puesto sobre un altar en la iglesia donde está enterrado, con dos candelas encendidas en el mismo altar y otras cuatro sobre su sepultura; en lo cual ha querido nuestro Señor mostrar la gloria que su siervo tiene. (De los Caps. I y II del Lib. III de las Crónicas de Fr. Antonio Tello.)

     

    Fray Miguel de Bolonia, el gran tesoro de Chapala 

    Este bendito religioso fue hijo de la Sta. Provincia de Bolonia (en Flandes, Países Bajos, condado que quedó hoy dividido entre Holanda y Bélgica.)

    Insigne en letras y en santidad; pasó a la Nueva España con gran deseo de ganar almas para Dios en la conversión de los indios, y con estos deseos en poco tiempo, ayudado de su Divina Majestad aprendió y supo muchas lenguas; particularmente la mexicana, tarasca, cascana, tecuexe, othomita y la incaica (además de la suya, flamenca, la francesa, española y latina); en las cuales, con sus soberanos sermones, convirtió a la fe de Nuestro Señor Jesucristo innumerables pueblos y desterró la idolatría de muchas naciones.

    Fue a la provincia de Xalisco con el P. Fray Martín de Jesús, en donde trabajó infinito en la Provincia de Ávalos, Zapotlán, Tuxpan, Chapalac, etc., y no fue el que menos infieles convirtió a nuestra Santa Fe católica en aquellas provincias; y habiendo sabido del alzamiento general de los indios que tanto había alterado toda aquella tierra y cómo ya se había asentado la paz por el Venerable Padre Fray Antonio de Segovia, dio infinitas gracias a Nuestro Señor y estuvo con grandísimo regocijo muchos días.

    En ese tiempo le envió a llamar al dicho P. Fray Antonio de Segovia (que por ese tiempo era el Superior o Custodio de esta Provincia de Xalisco) por conocerle que era varón Santo y de su mismo espíritu, y celo, y habiendo llegado a su presencia le dijo que «era cosa muy conveniente y del servicio de Nuestro Señor fuese a los pueblos de Juchipila, y Nochistlán y todos los que se habían conspirado en la alteración pasada, y que asistiese en particular a los que estaban bautizados y eran ya cristianos y para que predicase, catequizase y bautizase a los que no lo eran, pues era el hacer esto tan en servicio de Dios y bien del reino»; y habiendo oído el P. Fray Miguel de Bolonia estas palabras, respondió que «estaba presto a obedecer» y le pidió le echase su bendición, con la cual a pie y descalzo cogió el camino para Juchipila, donde, habiendo llegado, subió a la serranía donde andaban desparramados muchos indios, como salvajes, que por ser chichimecos no reconocían puesto, y otros que desde el alzamiento habían quedado rezagados; y con palabras amorosas y tiernas los bajó a todos y congregó en el pueblo de Juchipila, porque tenía mucha gracia para esto.

    Anduvo en las conversiones de estos grandes. Provincias de Ávalos y de Tonalán, en Juchipila, el Teúl, Tlantenango, Nochistlán, Teocaltiche y Jalostotitlán. En Juchipila congregó 12,000 indios y desde ahí administraba cerca de cincuenta leguas de largo y cuarenta de ancho a todos los indios que en ella contenían, andando siempre a pie y descalzo, llevando solamente un poco de maíz para comer, que este era el mayor regalo de que usaba.

    Desde el pueblo de Juchipila iba a Nochistlán, Teocaltiche, Jalostotitlán y todas aquellas Provincias y volvía por Jalpa, El Teúl y Tlaltenango, sierra de Tepec, hasta llegar a Zacatecas, en cuya demarcación había infinitos pueblos y gentes, de donde otra vez daba la vuelta a Juchipila para acudir a la atención de aquellas gentes y cobrar aliento, para volver a salir por otra parte; que en aquel tiempo, por ser pocos los religiosos, tenían siempre este trabajo. De ahí volvió ya viejo, y como amaba mucho a los indios de esta región la escogió para pasar en ella sus últimos años.

    Lo anterior está tomado del Cap. 3o. del Libro III de la Crónica Miscelánea del P. Fray Antonio Tello; lo siguiente se toma del Cap. XXXI de Mota Padilla, que nos dice así:

    «El P. Fray Miguel de Bolonia, desde el pueblo de Juchipila visitaba tantos pueblos, que en ellos después han sido necesarios tres Frailes doctrineros, y seis curas clérigos; las doctrinas son Juchipila, El Teúl y Chimaltitán. Los curatos de clérigos son Xalpa, Tlantenango, San Cristóbal, Teocaltiche, Nochistlán y Jalostotitlán.

    En seguida nos expone el mismo autor la trascendencia histórica de este tiempo en que, acababa de asentarse la paz en este reino, se fundaron y modificaron tantos pueblos, pues: con motivo de traer peones para la fabricación de casas en Guadalajara, que ya estaban en el lugar actual con el título de ciudad, «muchos españoles arbitraron traer a los indios de sus encomiendas en cuadrillas, que agregaban a los pueblos comarcanos a la ciudad, para que con más facilidad trabajasen; y también por asegurarse de otro alzamiento, cambiaron los indios ya civilizados de un lugar a otro. 

    Este mismo lo confirma el P. Tello en su libro II donde, hablando de la fundación del pueblo de Sn. Juan de los Lagos dice los siguiente: «El P. Fray Miguel de Bolonia, que fue el primer guardián de Juchipila, el cual administraba los Valles de Teocaltiche y Nochistlán, sacó del pueblo de Nochistlán algunos indios para poblar un pueblo llamado Sn. Gaspar, cerca de Jalostotitlán y del origen de estos se fundaron cuatro pueblos, que son: Mític, y este de Sn. Juan que está a la orilla de un río, y Mexquitic, y otros tres que hay en beneficio». Lo que un poco más explicado por la revista «ALBORADA», órgano periodístico de la Basílica de Ntra. Sra. de Sn. Juan. dice así: «Fray Miguel de Bolonia llevó consigo a varios indios nochistlecos ya cristianos para fundar el pueblo de Sn. Gaspar cerca de Jalostotitlán; y de este villorrio se desprendieron varias familias que fundaron los pueblos de Mític, Teocaltitán, Mexquitic y Sn. Juan Bautista Mezquititlán (hoy Sn. Juan de los Lagos).

    «Tal es el origen de esta población, que con el tiempo sería notable en los anales de la historia por los milagros de la Virgen, por el esplendor de sus fiestas y por sus renombradas ferias.

    «No puede señalarse con precisión la fecha en que se haya fundado, pero no es improbable que ésto haya sucedido aproximadamente en el año 1550.

    «Al P. Bolonia se debe sin duda en gran parte la formación de esta nueva sociedad, mezcla de la raza cazcana y la española».

    Con respecto a la donación de la Santa Imagen de Nuestra Señora de San Juan, dice el P. Tello que «le dijo y certificó el Bachiller Diego de Camarena, Cura beneficiario de Jalostotitlán, en cuya jurisdicción caía dicho pueblo de San Juan, que esa imagen milagrosa, según noticia que le dio una india llamada María Magdalena, que murió por los años de 1643, la cual tenía más de ciento y diez años edad, la donó a dicho pueblo un religioso de Nuestro Padre Sn. Francisco, que no lo nombró, y se presume que fuera el P. Fray Antonio de Segovia, que fue el primer apóstol de estas naciones, o el Fray Miguel de Bolonia, que fue el primer guardián de Juchipila.»

    Según lo que antes se dijo, fue éste Padre Bolonia el fundador de dicho pueblo, que lo atendió mucho tiempo; y quizá el que regaló a dicho pueblo la milagrosa imagen de la Sma. Virgen.

    En cuanto a la no menos famosa Villa de Zapopan nos dice el historiador Mota Padilla (Cap. XXXI) que «con algunos indios de Xalostotitlán (de los mismos formados por el P. Bolonia) se pobló Tzapopan.»

    Muchos de los principales pueblos de nuestro Estado de Jalisco deben su fe, su educación y hasta su existencia a este humilde Franciscano de quien nadie se acuerda.

    «fue este Santo religioso observantísimo de la pobreza, celosísimo de la religión, grande imitador de todas las virtudes, muy penitente y dado a la oración, en la cual tuvo grandes éxtasis y arrobamientos, y fue muy amado de indios y españoles y tenido reverenciado de todos por Santo.» (Cfr. Crónica Misc. Libr. III, Cap. 3).

    Murió en Chapala (dice en una nota Fray Luis del Refugio Palacios) el día de Sn. Buenaventura, 14 de julio del año 1580, siendo ya de mucha edad, habiendo sido ilustrado por Dios con el don de profecía y milagros y además con el don de lenguas, se hacía entender en siete lenguas indígenas; a su muerte vio todo el pueblo señales en el cielo, hacia la tarde, del lado de la laguna. Debe de estar enterrado junto al altar mayor, al lado del evangelio.»

    En su libro «Santuario de Amacueca» dice textualmente el mismo autorizado historiador antes citado:

    «Este otro pastor bueno (el P. Fray Miguel de Bolonia) se consagró a la Cristiandad de Chapala y su convento; y por su gran afecto y veneración a su seráfico Patriarca, la tituló una y otra casa, y así es S. Francisco de Amacueca, como es Sn. Francisco de Chapala. El convento-parroquia de Chapala acabó con santa muerte el P. Bolonia su santa vida y allí yace sepultado, aunque por altos y secretos juicios de Dios, un siervo suyo y apóstol tan esclarecido de estos pueblos y de todos los que pertenecían al convento de Xuchipila, digno ciertamente de eterna nombradía».

    El único homenaje que sé yo se le haya titulado a este grande hombre es el haberse colocado el día 17 de febrero del año 1943, en el presbiterio de este templo parroquial de Chapala, al lado del Evangelio, una humilde lápida de mármol que dice así:

    «En este lugar descansan, según las crónicas franciscanas, los restos del santo y venerable padre Fray Miguel de Bolonia. Varón de grande virtud y santidad, que tuvo el don de profecía y milagros. 

    Murió en el convento de este lugar el 14 de julio de 1580, habiéndose visto la tarde de ese día signos extraordinarios en el cielo.

    Evangelizó estas regiones juntamente con Fray Martín de Jesús (o de la Coruña) Fray Juan de Padilla y otros. «D. E. P.».

    Ojalá y pronto, ya más conocidos, se haga a estos héroes el honor que la admiración y la gratitud les debe.

     

    Fray Juan de Padilla 

    Este bendito padre fue uno de los primeros y principales evangelizadores y conquistadores espirituales de las provincias de Ávalos, Ameca, Autlán, Tepic y Colima.

    fue originario de Andalucía en España y vino a México por el año 1524 siendo el primer guardián del convento de Tulancingo en la Provincia del Santo Evangelio.

    De ahí se vino a estas regiones, entrando por primera vez junto con Fray Miguel de Bolonia por Colima con D. Francisco Cortés el año 1527 y extendiéndose luego a todos estos lugares, encendido en deseos de ganar almas para Dios, y así, hablando de la conquista espiritual de este pueblo de Chapala, dice el P. Tello en el Cap. XII de su Libro IV: «El religioso que primero llegó aquí, se llamaba Fr. Juan de Padilla, que por los años del señor 1528 vino a encontrar a otro que hacía el mismo fruto de doctrina por las congregaciones de indios que en la misma orilla adelante de este pueblo estaban recogidos.»

    En 1529 vemos a este infatigable religioso entrando de nuevo y definitivamente a estas tierras con el conquistador Nuño de Guzmán, para dedicarse, ayudado ya por otros religiosos de su misma Orden, a la conversión y conquista no sólo de los que es el estado de Jalisco, sino también de los de Tepic, Colima, Sinaloa y por fin hasta lo que es hoy territorio de Estados Unidos.

    Si se pregunta cómo cabe tanta ambición en el corazón de un hombre, podemos responder que: Ciertamente los corazones de los Misioneros iban más llenos de ambición de almas que los conquistadores de ambición de mando y riquezas; y aquí veremos como Dios le concedió a este humilde franciscano lo que no pudo conseguir el rico, astuto e influyente Nuño de Guzmán ni algún otro de los conquistadores.

    Para dar una idea de las actividades apostólicas de este santo religioso citaremos solamente unos cuantos párrafos de lo que el P. Tello nos dice en su Libro IV, que trata de la fundación de los conventos de la Provincia Franciscana de Jalisco.

    Hablando de Tlajomulco, dice en el Cap. 28: «El mismo año de 1530, llegó el primer religioso de Nuestro Padre Sn. Francisco a Tlaxomulco, a pie y descalzo, levantadas las faldas del hábito y con un rosario en la mano y un bordón en la otra. Presúmese que sería uno de dos: o el Padre Fr. Juan de Padilla que fue con el ejército de Nuño de Guzmán, o el Padre Fray Antonio de Segovia, que fue el apóstol de la Provincia de Tonalá, y después, el año de 1531, fundó el convento de Tetlán.»

    Hablando de Tlajomulco, dice en el Cap. 28: «El mismo les consta en la historia que estuvo el P. Fray Juan de Padilla en la conversión de Tzapotlán, Tuchpan, Tamazolan y provincia de Ávalos, y por el año de 1532 fue la última vez que llegó a aquel valle y provincia de Tzapotlán».

    Habiendo ido antes al pueblo de Tochpan, halló a un indio cacique llamado Cuizaola, el cual al principio no quiso recibir la fe, porque los religiosos le dijeron que era necesario que él y sus vasallos dejasen las muchas mujeres de que usaban, y lo mismo le sucedió con el indio cacique de Tlamazola, y así no bautizaron ni tuvo efecto por entonces la conversión, porque una de las cosas en que más trabajaron los religiosos fue en quitarles el abuso de muchas mujeres.

    Viendo pues el Padre Fr. Juan de Padilla que no podía conseguir su intento con el cacique Cuizaola y sus vasallos, se volvió a Tenamascatitlán y allí estuvo de asiento y juntó todas las rancherías en un pueblo que llamaban Tzapotlán Tayolor (10), a donde ahora se llama Tzapotlán, y fundó un convento pequeño, del cual salían religiosos a predicar el Santo Evangelio e instruir en las cosas de nuestra santa fe católica a los indios de los pueblos circunvecinos, de manera que el cacique Cuizaola y sus vasallos recibieron la fe del bautismo.

    Y aunque antes habían estado otros religiosos y este bendito Padre, como queda dicho, nunca lo habían podido conseguir, particularmente por ir de paso, discurriendo de unas partes a otras, contentándose por entonces con predicarles y darle a conocer el verdadero Dios, hasta que este año llegó el Padre Fr. Juan de Padilla y por haber hecho asiento y tratado de veras del bien de sus almas y conversión, lo consiguió.

    Y se volvió a retirar al pueblo de Tzapotlán; destruyó los ídolos de todas estas provincias, levantó iglesias y les comenzó a enseñar la doctrina cristiana y a dar noticia de los misterios de nuestra santa fe.

    Luego puso por obra el hacer la iglesia más grande, porque en la que administraban antes era pequeña, para la cual ayudado de todas las provincias que estaban sujetas a esta doctrina, que eran Zaulan (o Sayula), la provincia de Amula, Tuchpan, Tlamazulan, y la provincia de Mazamitla, para la cual llevó oficiales de México; y no tan solamente hizo la iglesia, sino que para enseñar la doctrina mejor a los indios, con ser muy grande el patio (atrio) de la iglesia, hizo hacer seis gradas muy altas al rededor de él, para que cupiesen todos y con comodidad oyesen los que les enseñaba y predicaba. Hizo también las casas reales y como el santo religioso les enseñaba con cuidado y policía, trató con el presidente de México les nombrase gobernador, y vino nombrado un indio principal llamado D. Martín de Guzmán. También hizo que fuesen maestros de capilla para que enseñasen a cantar a los indios y tocar instrumentos y este mismo año hizo poner el retablo en la iglesia. (11).
     

    De allí fue a Tuchpan y fundó el convento.»

    Anadiremos aquí un pequeño párrafo tomado del Libro «El Santuario de Amacueca» del Rev. P. Fr. Luis del Refugio Palacio, que dice así en su página 33: «El bendito Fray Juan de Padilla, cuya memoria es en bendición, ya desde España era conocido y tenía amistad con el meritísimo Virrey D. Antonio de Mendoza; luego, pues, que se vio en la ocasión de levantar iglesia en Zapotlán y Tuxpan, acordó de hacer viaje a México a hacer presentes sus antiguas buenas relaciones, y vino bien despechado del virrey que le dio albañiles y cantores muy diestros. De cantores, por las crónicas constata que se perpetuó muy particularmente en esta provincia la buena escuela.

     

    De constructores y albañiles, debemos suponerlo por igual, como de cosa si se quiere, más importante y necesaria; y para mi sobrina por confirmación de este tan natural y obvio supuesto la comparación de dos monumentos restantes en Tuxpan, la imponente y rica cruz de su cementerio o atrio parroquial, y la jamba o grupo de columnas del ingreso al claustro, con las construcciones de los principales monumentos del Sur o centro: Huexotzinco y Cholula, lo más magnífico y monumental que se conoce de aquellas edades. Y derivaciones preciosas, e influencias de tal arte que pararon a posteriores construcciones: en Tlaxomulco, Santa Cruz de la Flores, San Sebastián de Analco, todas franciscanas y de las más antiguas que por acá restan.»

    Del Cap. V, que habla de Tuxpan, tomamos este párrafo: «... Y volviendo al bendito Padre Fr. Juan de Padilla, para que se sepa que no sólo fue celoso del bien espiritual de los indios, en que trabajó infatigablemente, sino también de su alivio y bien temporal, el último año de su oficio fue a México, y le negoció no pagasen a sus caciques un intolerable tributo que le tenían impuesto a título de los gastos que hacían en enviar a las nuevas conquistas indios y soldados en compañía de los españoles.»

    Hablando de Amacueca, dice en el Cap. XI: «Los conquistadores espirituales fueron los Padres Fr. Juan de Padilla, el padre Fr. Miguel de Bolonia y otros que anduvieron predicando por la dicha provincia, y aún el Padre Fr. Martín de Jesús trabajó mucho en ella.»

    Hablando de Chapala (además de lo que antes citamos) dice en el Cap. XII: «Estuvieron en este pueblo, en la conversión, los benditos padres Fr. Miguel de Bolonia, Fr. Martín de Jesús, Fr. Juan de Padilla y otros religiosos que cuidaron de todos los pueblos que están fundados a orillas de la laguna hasta que el año de 1548 comenzó la iglesia y convento el muy religioso Padre Fr. Juan de Almolón, estando ya todos bautizados y cristianos por los religiosos que quedaban referidos.»

    Hablando de Colima, dice así en el Cap. XV: «... Consta también que la conversión de las gentes de esta Provincia y de la de Alima y Motines fue por los religiosos de Nuestro Padre San Francisco, desde el principio de su conquista y que en estas provincias estuvo el bendito Padre Fr. Martín de Jesús, y el Padre Fr. Juan de Padilla, y que fueron administradores del convento de Tzapotlán, desde que hubo religiosos de asiento en él, hasta que el año 1554 los Padres Fr. Angel de Honorato, y Fr. Gerónimo, fundaron el convento en la parte y lugar que ahora está.»

    Hablando de Tzenticpac (cerca de Acaponeta, Sinaloa) dice así en el Cap. XVIII: «La conquista de este pueblo (como las de los demás de tierra caliente) fue hecha por Nuño de Guzmán, y desde entonces corrió la conversión por los religiosos de Sn. Francisco por haberla comenzado yendo en compañía del dicho Nuño de Guzmán, para este efecto, el Padre Fray Juan de Padilla y otros religiosos que le acompañaron hasta Culiacán y Sinaloa: envió otros religiosos para que cuidasen de la conversión de aquellas gentes, y esto corrió de esa manera hasta que se fundó el convento de Xalisco, del cual fueron administradores, como todos los otros de tierra caliente; hasta que el año de 1569 fueron enviados religiosos que les asistiesen y estuviesen con ellos; y dicen los naturales que cuando salían los religiosos a las visitas, llevaban siempre gran cantidad de muchachos para enseñarlos a leer y escribir y canto, porque era aquel convento como un seminario para proveer los demás pueblos de cantores y gente que sirviesen las iglesias.»

    Además, y para omitir citas, diré solamente que en este mismo libro del P. Tello se nos cita a este santo religioso como primer evangelizador de los pueblos (en donde hubo convento franciscano) de Ajijic, Etzatlán, Juchipila, Zapotitlán, Zacoalco, Autlán, Cocula, Atoyac, Sayula, Techaluta, Poncitlán, Acaponeta, Ahualulco, Teocuitatlán y Tecolotlán, en los Capítulos 2, 4, 8, 9, 10, 13, 16, 17, 19, 20, 21, 22, 23, 24 y 25 respectivamente.

     

    Muerte de Fray Juan. Semilla de mártires

    En 1540, después de trece años empleados en estos trabajos que hemos narrado, pidió Fr. Juan de Padilla licencia y bendición de su Prelado para ir a Tzíbola en la expedición que mandó el Virrey D. Antonio de Mendoza y que llevaría al frente a Francisco Vázquez Coronado, de lo que ya hablamos en el Capítulo anterior.

    Fueron como capellanes de dicha expedición Fr. Juan de Padilla, Fr. Luis de Ubeda y Fr. Juan de la Cruz, con Fr. Marcos de Niza, que pronto se regresó a México, y con Fr. Antonio de Victoria que se quedó una pierna y tuvo que ser devuelto.

    Después de dos años de expedicionar y habiéndose dado el general una fuerte caída del caballo, que le dejó en condiciones lamentables, determinaron su vuelta a México, desde Tigües (hoy se llama Bernalillo, en el Estado de Nuevo México, E. U.) donde se encontraban, sin esperar la resolución del Virrey.

    «Pero (como dice Mota Padilla en su capítulo XXXIII) porque el Padre Fr. Juan de Padilla cuando acompañó a D. Francisco Vázquez Coronado hasta el pueblo de Quivira, que estaba como 100 leguas adelante (de Tigües), puso en él una cruz protestando no desampararla aunque le costase la vida, por tener entendido hacer fruto en aquellos indios y en los comarcanos, determinó volverse allá y no bastaron las instancias del gobernador y demás capitanes para que desistiese del pensamiento. El Padre Fr. Luis de Ubeda rogó también le dejasen volver con el Padre Fr. Juan de Padilla hasta el pueblo de Coquite, en donde le parecía podrían servir de domesticar algo a aquellos indios por parecerle se hallaban con alguna disposición; y que pues él era viejo, emplearía la corta vida que le quedase en procurar la salvación de las almas de aquellos miserables. A su imitación también el Padre Fr. Juan de la Cruz, religioso lego (como lo era Fr. Luis de Ubeda) pretendió quedarse en aquellas provincias de Tigües, y porque se discurrió que con el tiempo se conseguiría la población de aquellas tierras, condescendió el Gobernador a los deseos de aquellos apostólicos varones, y les dejaron proveídos de lo que por entonces pareció necesario; y también quiso quedarse un soldado, de nación portugués, llamado Andrés del Campo, con ánimo de servir al Padre Padilla, y también dos indiezuelos donados nombrados Lucas y Sebastián, naturales de Michoacán; y otros dos indiezuelos que en el ejército hacían oficios de sacristanes, y otro muchacho mestizo.

    De esta suerte quedaron estos benditos religiosos como corderos entre lobos; y viéndose solos, trató el Padre Fr. Juan de Padilla, con los de Tigües, el fin que le movía a quedarse entre ellos, que no era otro que el de tratar de la salvación de sus almas; que ya los soldados se habían ido, que no les serían molestos, que él pasaba a otras poblaciones y les dejaba al Padre Fr. Juan de la Cruz para que les fuese instruyendo en lo que debían saber para ser cristianos e hijos de la Santa iglesia, como necesario para salvar sus almas, que le tratasen bien, y que él procuraría volver a consolarles; despídese con gran ternura dejando, como prelado, lleno de bendiciones, a Fr. Juan de la Cruz, y los indios de Tigües señalaron una escuadra de sus soldados que guiasen a dichos padres Fr. Juan de Ubeda, le dejó, y guiado de otros naturales del mismo pueblo, salió para Quivira con Andrés del Campo, donados indiezuelos y el muchacho mestizo; llegó a Quivira y se postró al pie de la cruz, que halló donde la había colocado; y con limpieza toda la circunferencia, como lo había encargado, de lo que se alegró, y luego comenzó a hacer los oficios de padre, maestro y apóstol se aquellas gentes; y hallándolas dóciles y con buen ánimo, se inflamó su corazón, le pareció corto número de almas para Dios las de aquel pueblo, y trató de ensanchar los senos de nuestra madre la Santa Iglesia, para que acogiese a cuantos se le decía haberen mayores distancias.

    Salió de Quivira, acompañado de su corta comitiva, contra la voluntad de los indios de aquel pueblo, que le amaban como a su padre, mas a una jornada le salieron indios de guerra, y conociendo el mal ánimo de aquellos bárbaros, le rogó al portugués, que pues iba a caballo, huyese, y que bajo su cuidado llevase aquellos donados y muchachos, que como tales podrían correr y escaparse: hiciéronlo así por no hallarse capaces de otro modo para la defensa, y el bendito padre, hincado de rodillas ofreció la vida que por reducir almas a Dios tenía sacrificada, logrando los ardientes deseos de su corazón, la felicidad de ser muerto flechado por aquellos indios bárbaros, quienes le arrojaron en un hoyo, cubriendo el cuerpo con innumerables piedras. Y vuelto el portugués con los indiezuelos a Quivira, dieron la noticia, la que sintieron mucho aquellos naturales, por el amor que tenían a dicho padre, y más lo sintieran si hubieran tenido pleno conocimiento de la falta que les hacía; no se sabe el día exacto de su muerte, aunque sí se tiene por cierto haber sido el año de quinientos cuarenta y dos; y en algunos papeles que dejó escritos D. Pedro de Tovar en la Villa de Culiacán, se dice que los indios habían salido a matar a ese bendito padre por robar los ornamentos, y que había memoria de que en su muerte se vieron grandes prodigios, como fue inundarse la tierra, temblores, verse globos de fuego, y obscurecerse el sol.»

    En el año de 1942 celebraron en Estados Unidos el cuarto centenario de su muerte y en la ciudad de Herington, Kansas, se conserva una cruz y han levantado un monumento en memoria de este apóstol y mártir, que fue el primero en dar su vida por Jesucristo en lo que es territorio norteamericano. (Cfr. «México, Tierra de Volcanes», 2a. edición, Pág. 121.)

    «Del padre Fr. Juan de la Cruz, la noticia que se tiene, es que después de haber trabajado en la instrucción de los indios en Tigües y en Coquite, murió flechado de los indios en Tiguës (hoy Bernalillo, N. M.), muy estimado de los caciques y demás naturales, que habían vista la generación con que el general, capitanes y soldados lo trataban.

    El viejo padre Fr. Luis de Ubeda se mantenía en una choza por celda o cueva, en Cicuyé (hoy Pecos, al oriente de Santa fe, N. M.) en donde le ministraban los indios, con un poco de atole, tortillas y frijoles, el limitado sustento, y no se supo de su muerte; sí quedó entre cuantos le conocieron la memoria de su perfecta vida.

    Con la noticia que se tuvo de la heroica resolución de estos apostólicos varones y de sus muertes, anhelaban muchos religiosos por internarse en aquellas tierras y pueblos, que concebían con alguna disposición para recibir la predicación evangélica, como que ya aquellos fondos o terrenos se hallaban cultivados, con el riego de sangre de sus primeros exploradores, y entre ellos fue el Padre Fr. Agustín Rodríguez, acompañado con los padres Fr. Francisco López, y Fr. Juan de la Santa María: que este era hijo de la provincia de Santiago de Xalisco; y acompañados del Capitán Francisco Chamuscado, hicieron su entrada y murió a manos de indios dicho Fr. Juan de la Santa María, en la provincia de Tigües, con cuya muerte desistió el Capitán y soldados; mas no por eso los otros dos religiosos dejaron de proseguir con tres muchachos, hasta ciento cincuenta leguas más adentro, a la provincia de Marata o Marta, en donde fueron martirizados; y con la noticia, se alentaron otros religiosos de dicha provincia de Xalisco, y fueron el Padre Fr. Antonio Bernardino Beltrán, con Fr. Juan de la Cruz, los que con grandísimo trabajo llegaron al pueblo de Acomo, que es junto a Quivira, en donde hallaron la cruz que había fijado Fr. Juan de Padilla, y con noticias de haber otras provincias más adelante, intentaron internarse más; pero los indios de Acomo y Quivira les aconsejaron no lo hiciesen, y así dejando algún tanto pacíficas aquellas naciones, se volvió al Padre Fr. Bernardino Beltrán, sin conseguir el martirio que deseaba: por lo que después que entró D. Juan de Oñate al Nuevo México, tuvo poco que hacer para la pacificación de aquellos comarcanos de la provincia de «Quivira».

    Agregar un comentario

    Tu nombre o Ingresar

    Tu dirección de correo (no se mostrará)

    Mensaje *

    © 2019