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    Javier Raygoza Munguía
    Director del semanario PÁGINA Que sí se lee!
    de la Ribera de Chapala

    HIJO DISTINGUIDO DE SAN NICOLÁS DE IBARRA

    Juan Nepomuceno Ibarra Valencia

     

      El domingo 15 de febrero de 1824, en el santuario de Nuestra Señora de Zapopan, recibía la unción sacerdotal de manos del Ilustrísimo Obispo Don Juan de Cabañas y Crespo, el diácono Don Juan Nepomuceno Ibarra Valencia, neosacerdote que habría de distinguirse por su gran amor a Nuestra Señora del Rosario de Talpa, amor que luego traduciría en obras, sobre todo materiales, en una forma tan intensa como no lo había hacho antes otro clérigo y como tampoco se ha repetido el caso en años posteriores.

       Había visto la luz primera en el rancho de San Nicolás de los Ibarra, jurisdicción de Chapala, el año de 1798 siendo sus progenitores don José María Ibarra y doña Josefa Valencia de Ibarra.

           Era, por decirlo así, un muchacho al iniciarse la guerra de independencia. Cuando tuvo conocimiento de ella aquel jovencito se fugó de su casa y se unió a las filas de Don Miguel Hidalgo, a quien acompañó durante todos los días en lo que hoy es el Estado de Jalisco.

           Cuando tuvo noticia de la muerte del caudillo de la libertad, decidió abrazar la carrera sacerdotal, para lo cual ingresó desde luego al Seminario Diocesano de Guadalajara.

           Ordenado sacerdote, fue adscrito al curato de Mascota; se trasladó enseguida a su nuevo destino y después de permanecer algunas semanas al lado del Sr. Cura Juan Nepomuceno Romero, pasó a Talpa en calidad de teniente de Cura en compañía del padre Aniceto Gil que fungía entonces como primer capellán del santuario.

           El nuevo sacerdote sintió desde un principio un amor y una devoción muy grande a la Madre Milagrosa de Talpa, a cuyas plantas iniciaba su ministerio sacerdotal.

           Trabajó con entusiasmo en compañía del capellán, sacerdote ya casi octogenario y muy enfermo, dando un gran impulso a la construcción de la nueva torre que para esas fechas se veía algo adelantada. Estando ya casi terminada la torre, salió el padre Ibarra con destino al rico y floreciente mineral de Cuale.

           Terrorífico para todo el Estado de Jalisco y para una extensa zona del país resulto el año de 1833, pues en él hizo su aparición la terrible peste llamada cólera- morbus.

    El mal se presentaba en forma de calambres y evacuaciones constantes, que en pocas horas producían la muerte siendo verdaderamente raros los que lograban sobrevivir a ella.

           En Talpa comenzó a sentirse en el mes de junio, el mal atacó repentinamente al padre Aniceto Gil, llevándoselo en unas cuantas horas; al andar en cumplimiento de su deber, auxiliando enfermos, contrajo la enfermedad que lo llevó a la tumba cuando frisaba los 94 años de edad.

            Los vecinos de Talpa, viéndose solos y sin quien les impartiera los últimos auxilios espirituales en momentos tan difíciles y peligrosos, acudieron a la Sagrada Mitra, quien ordenó que pasara de nuevo a Talpa el presbítero Don Juan Nepomuceno Ybarra que a la sazón se hallaba en Cuale.

           A su llegada, lo primero que hizo fue organizar una gran peregrinación de rogativa ante la Milagrosa Imagen, con el fin de que cesara la terrible peste. Aquella oración pública fue atendida, pues en esos días se restringieron notablemente las defunciones, tendiendo luego a desaparecer el temido mal.

           Así volvió a Talpa el padre Ibarra.

     

     

    IMPORTANTES MEJORAS AL SANTUARIO

     

    Principió el padre Ibarra su regencia en medio de una serie de problemas y dificultades de toda clase.

     Debido a la anarquía e inseguridad que reinaba en todas partes, los seminarios, en gran parte, habían cerrado sus puertas, por lo que luego se hizo una gran escasez de clero. Con tal motivo, la Sagrada Mitra expidió un decreto en el que disponía que en Talpa sólo habría un sacerdote que se encargaría del santuario y de la vicaría y que por el momento la capellania pasaba, en calidad de beneficio, al párroco de la jurisdicción, mientras se ordenaba ora cosa.

     La peana en que descansaba la Sagrada Imagen del Rosario pareció al padre muy pobre y anticuada; era de plata pura, pero tanto su arquitectura como su mano de obra eran de mala calidad, además el dorado se había destruido casi del todo, por lo que decidió mejorarla, cambiándola por otra más nueva y de mejor calidad. Para esto mandó hacer a un experto carpintero la parte central “que fuese de madera muy maciza e incorruptible” y contrató al más hábil orfebre del lugar, quien con ciento veinticinco marcos de plata dio forma a la peana que contemplamos hoy día. Cuando la hubo terminado le aplicó un grueso dorado de oro puro de la mejor calidad. Su costo total fue de mil doscientos cincuenta pesos.

           Se procedió en seguida a colocar la bendita imagen sobre esta nueva peana, que fue bendecida con toda solemnidad la nochebuena del año de 1833.

           Para esta fecha se colocó también, en la torre del santuario, un reloj público de molinillo que había adquirido meses antes de morir el extinto padre Gil.

           Estos años fueron de gran fervor y devoción a la Gran Señora; su templo se vio pletórico de peregrinos que acudían a Ella en busca de consuelo en medio de un mundo tan lleno de miserias y problemas. Las romerías fueron tan abundantes como pocos años se habían visto, con lo cual la vida del pueblo y el movimiento comercial cobraron un nivel considerable.

           Para entonces, el santuario se hallaba ya muy deteriorado, el decorado estaba en malas condiciones, las pinturas muy sucias y borrosas debido a la mala calidad de los materiales que se emplearon en ellas y a la inevitable acción de los años.

     El activo sacerdote Ybarra emprendió desde luego sui reforma.

           El año de 1834 fueron retirados los altares de madera para sustituirlos por otros que fuesen de cantera: el arcaico retablo churrigueresco  del altar mayor, todo lleno de imágenes y de ángeles, con un dorado muy fino y abundante, fue quitado, y en su lugar se colocó otro de estilo neoclásico, todo de cantera y de líneas muy sencillas.

           Es una verdadera lastima que aquella pieza de tan gran valor artístico se haya convertido en chatarra, para luego destruirse del todo. También los retablos de los altares corrieron la misma suerte, fueron removidos y en su lugar se edificaron los que hoy contemplamos.

           El 24 de julio de 1835 se comenzó a labrar el balaustrado interior del templo que corona la corniza a lo largo de la nave y los cruceros; esta obra quedó concluida en el mes de abril del año siguiente, constando de 360 balaustres de muy buena madera.

           En el presbiterio se colocó un piso nuevo de cantera labrada y combinada en artística policromía, además un barandal todo de metal, en estilo churrigueresco, en lugar del antiguo que era todo de madera, se colocaron en el mismo presbiterio dos ambones también de cantera con sus atriles de metal con incrustaciones de plata, todo de muy buena clase y, por fin, se removió el trono de la Santísima Virgen para dar lugar al nuevo que se hizo con columnas de cantera y fue coronado por un capulino de marcadas líneas góticas.

           Cuando estuvieron terminadas todas estas reformas, se procedió a la pintura, que se hizo conforme al proyecto que aprobó la Sagrada Mitra: “el interior será de color azul bajo, el exterior plúmbago con los salientes de blanco. El sócalo interior al óleo a la altura de vara dos tercias y el exterior a la altura de vara y media en rojo o café”.

           Terminada la pintura, se procedió a la renovación del pavimento de la iglesia que, como el anterior, se hizo de madera de muy buena calidad.

           Para el año 1837 estaba terminada la obra del interior con un costo de $ 11,129 y nueve reales. Con esto, el santuario ganó mucho, pues desde que se finalizó, en el siglo anterior, no se le había hecho reforma digna de consideración.

           Aunque se había dedicado de lleno el capellán Ibarra, a las obras materiales, no por eso descuidaba el aspecto espiritual de su ministerio. En el mes de octubre de 1836 organizó un censo o empadronamiento de los habitantes de su jurisdicción, el primero que se conoce y se conserva en toda la historia de esa feligresía.

           En ese tiempo se dio a la estampa la novena de la Santísima Virgen, cosa que hacía tiempo no se hacía; se imprimieron también varios millares de imágenes de Ntra. Sra. Del Rosario que el padre Ybarra puso a la disposición de los peregrinos.

           Otra de las consignas del primer capellán, fue reorganizar e inyectar la mayor vitalidad posible a la Cofradía de Nuestra Señora, ya que con la ayuda de ella podía hacer frente a la multitud de gastos que constantemente le originaban las mejoras materiales del santuario.

           Todo esto trajo un aumento en la devoción y piedad de los fieles, que luego se tradujo en un incremento de las romerías, en una forma extraordinaria como no se había visto desde que se inicio la guerra de Independencia.

           Con todo esto creció el caudal de las limosnas, con lo que el santuario se vio muy pronto capacitado para emprender nuevas obras.

           Para el año de 1837, Talpa sólo contaba con tres campanas colocadas en la torre: “una grande con un total de 170 arrobas, una mediana con 142 arrobas, y una esquila montada con 57 arrobas, además una pequeña de tres arrobas llamada de gobierno y, finalmente, el reloj tiene dos campanas medianitas, la de los cuartos y la de las horas, el cual (reloj) está en la torre nueva”.

           El celoso capellán Ibarra inicio la búsqueda de los materiales necesarios para fundir otras nuevas campanas, que con sus lenguas de bronce vinieran a cantar las glorias de la Celestial Señora.

           Buena parte del metal necesario fue traído de Guadalajara, otra parte se pudo comprar en Mascota y un poco se pudo reunir en esta población.

           Cuando se contaba ya con todo lo necesario, el Padre se convino con el maestro fundidor don Francisco Núñez para que le hiciera la obra deseada; se había de principiar según sus proyectos por una pieza grande, que deseaba fuese de gran tamaño y buen sonido. Se escogió como lugar mejor para fundirla el conocido con el nombre de “Plaza de la Iglesia Vieja”.

           Todo el pueblo cooperó con el combustible necesario y en esta forma el 29 de abril de 1837, en medio de la curiosidad y admiración de los lugareños, se vació la primera campana que, con el nombre de “La Mayor” y con un peso de 380 arrobas, ha llegado hasta nosotros.

           Fue en aquellos lustros una verdadera proeza el colocar en su lugar una pieza tan pesada y voluminosa; para ello se hicieron muchos y complicados andamios de madera, o mejor diríamos, una especie de rampa que, principal, iba  en ascenso lentamente hasta llegar a lo que sería el primer cuerpo de la torre, en donde habría de permanecer definitivamente.

           Una vez que lograron colocarla en su lugar definitivo, se procedió a su bendición y a tocarla por primera vez; en medio de un silencio sepulcral se escucharon los doce primeros toques, siendo sus majestuosos tañidos muy celebrados por los fieles.

           Su costo real fue de $ 2, 137.00 siete reales y medio, descontando 81 arrobas de una campana vieja que se fundió y cuyo precio no se tomó en cuenta.

           El 10 de octubre de 1842 iniciaron nuevas obras de las que el capellán Ibarra nos da la siguiente relación: “En el nombre de Dios Todopoderoso y de la Santísima Virgen de Talpa y con la licencia respectiva del superior Gobierno Eclesiástico se van a dar principio hoy día de esta fecha con las obras del atrio, comenzando a tumbar la torre vieja que, por lo falso y cuarteado de ella, amenaza ruina a las bóvedas del templo y a las casas circunvecinas, el blanqueo exterior, una balaustrada en la corniza de la azotea y, si hay con que seguir trabajando y sobra tiempo, se comenzará a construir dicha torre”.

           Para que se encargara de la dirección del trabajo se contrató al arquitecto tapatío don Claro Barajas, al que luego se le entregó la cantidad de cinco pesos en plata para que cubriera los gastos de su viaje a Talpa.

           El día que termino la torre, escribió el vicario Ibarra la siguiente nota: “22 de Julio de 1843. Aquí terminó con el favor de Dios y de la Santísima Virgen de Talpa, sin novedad mi contingencia alguna, al obra costosa y mortificante de la torre bajo la dirección del albañil don Manuel Zabala. La torre se construyó en nueve meses y doce días que media entre diez de octubre de 1842 y 22 de julio de 1843”.

           Apenas vio el clérigo terminado ese trabajo, volvió su atención al balaustrado exterior, era una cosa que cautivaba la mente del buen sacerdote, deseaba ver coronado el santuario con aquel enrejado de sólida cantera; por esta razón, con el dinamismo que le caracterizaba dio principio en el mes de agosto a labrar la piedra necesaria mientras pasaba lo fuerte del temporal de lluvias.

           En la segunda quincena de octubre se comenzó a colocar dicho barandal, se elaboró en él con toda rapidez y actividad posible, de tal suerte que para la llegada de las romerías del siguiente febrero (1844), estaba ya terminado. Los peregrinos que visitaron en aquel año a Talpa pudieron contemplar estas obras ya concluidas.

     Las nuevas mejoras materiales contrastaban demasiado con la pintura exterior del edificio, pues estaba ya muy sucia y deteriorada, por tal motivo, el capellán Ibarra, apenas terminaron las fiestas de febrero de 1844, emprendió la renovación tanto de la pintura como del decorado exterior. Este trabajo tocó su fin en la primera semana de junio, ambas obras, el balaustrado y la pintura, arrojaron un costo de $ 4,858.00 un real y tres cuartos.

           El padre Ibarra durante muchos años no cesaba de engrandecer y embellecer su querido templo, el clérigo que quizá más ha amado a Talpa y a su Virgencita en el transcurso de su Historia. El sacerdote que, en el orden material, puede llamarse con justicia el más grande bienhechor. Sus torres, sus campanas, su atrio, su parroquia y otras muchas mejoras del interior del templo, son testigos mudos que conservan viva su memoria. Pero más que obras materiales, dio a Talpa y a su Patrona lo más grande, lo más caro; su vida, su amor; más de media centuria de vida intensamente sacerdotal, es la deuda que tiene el pueblo a tan egregia figura.

           El 25 de noviembre de 1880, el venerable padre Ibarra se sintió enfermo a consecuencia de haber ingerido un pedazo de pastel; no se sabe si aquel antojo, o el aparato digestivo del añoso sacerdote, no hayan estado en buenas condiciones, lo cierto es que esto dio origen a su postrera enfermedad.

     Después de una noche angustiosa, el 26 de noviembre, a las seis de la mañana, el Ministro del Señor entregó placidamente su espíritu en manos de su creador, a los ochenta y dos años de edad; era precisamente la hora en que todos los días acostumbraba celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. En aquella mañana, lo que durante tantos años fuera la llamada de su Misa, se convirtió en las conmovedoras agonías que anunciaban el sacrificio de su vida, su partida hacia la eternidad; la población entera se conmovió al enterarse de tan doloroso acontecimiento.

           Los restos mortales del querido padre Ibarra permanecieron durante todo el día en su casa habitación. Allí fue visitado y llorado por millares de hijos que por más de medio siglo recibieron el cariño, el cuidado y la protección de aquel celoso pastor.

     Al día siguiente, 26 de noviembre, por la mañana, fue conducido el féretro al templo; en medio de una multitud que dificultaba el paso, se dio una vuelta con él al templo que tanto amó durante su vida; después, fue introducido al interior, en donde le fueron aplicadas, o celebradas, solemnes honras fúnebres. 

    Terminadas las exequias, el cadáver fue conducido hasta el camarín de la Santísima Virgen, en donde fue inhumado cerca del altar.

           Con deceso del Padre D. Juan Nepomuceno Ibarra Valencia, Talpa perdió un sacerdote que en transcurso de su historia se ha significado como una de sus más destacadas figuras.

     Media centuria plena de una intensa vida sacerdotal, toda llena de abnegación y sacrificio, de generosidad y total entrega de sí mismo, fue la ofrenda que en su última hora pudo presentar a su Creador y a la Virgen Santísima el abnegado ministro del Señor. El alma del insigne capellán sintetizó admirablemente esas dos virtudes que a primera vista parecen excluirse; una bondad apacible, una sencillez de paloma y una ingenuidad de niño, hermandadas con una fortaleza, una energía y una entereza propias de los héroes y de los grandes hombres.

           Varón de cabeza erguida, más bien alto y delgado, de paso firme y seguro, de corazón esforzado, de ronca y vibrante voz y de notable desprendimiento de todo lo terreno, apareció siempre el distinguido ministro del Altísimo.

     En su porte exterior, en sus modales, su lenguaje y su vida toda, fue tan humilde y sencillo que en muchas ocasiones parecía infantil. Mas cuando se trataba de emprender y llevar a feliz término empresas de gran envergadura, lo mismo que cuando se hacía necesario enfrentarse al enemigo para defender los derechos de Dios y de su Madre Santísima, aún con peligro de su propia vida, no se arredró jamás, antes bien, demostró su valor, una entereza y una grandeza de alma nada comunes.

           La humanidad corresponde con su gratitud y afecto a los hombres que le sirven y con generosidad se sacrifican por engrandecerla.

     

    El Municipio de Chapala debe un merecido reconocimiento a

    JUAN NEPOMUCENO IBARRA VALENCIA, hijo distinguido de San Nicolás de Ibarra.

    Firma del Padre Juan Nepomuceno Ibarra Valencia

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