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    Javier Raygoza Munguía
    Director del semanario PÁGINA Que sí se lee!
    de la Ribera de Chapala

    CHIMALHOACÁN

     La región

    Esta región donde está colocado Chapala y que comprende lo que hoy es el actual Estado de Jalisco y otros estados limítrofes, según el Lic. tapatío D. Ignacio Navarrete, se llamaba Chimalhoacán (2) o sea región de los que usan «chimali» o escudo, porque los guerreros de esta región lo usaban en sus guerras; y comprendía desde el Río Lerma, que llamaban entonces Chicnahuac (nueve aguas), los reinos de Coyán (Situado en el plan de La barca, hasta Jamay), Tonalán, ) comprendiendo hasta Chapala y Tlajomulco), los de Tzapotlán, Colimán, Xalisco (que comprendía lo que es el estado de Tepic) y Aztatlán o Acaponeta, con lo que es ahora el Estado de Sinaloa. Eran tlactoanazgos o señoríos independientes, a cargo de un Tlatoani. A estos tlatoanis los españoles les llamaron «caciques», palabra que no es de origen mexicano, sino cubano o antillano.

     

    Costumbres

    Tenían como medio de subsistencia la agricultura, muy en pequeño, la caza y la pesca ya en el Lago ya en los ríos, tejían petates y hacían objetos de barro. El hierro no lo conocían y sólo en pocas partes usaban el cobre.

    Tenían también sus gremios y profesiones más elevadas de médicos, abogados, músicos y hasta joyeros, que trabajaban las piedras muy duras de un modo admirable.

    Los vestidos que usaban los hombres del pueblo eran un cendal, guaraches y plumero o una cinta o correa en la cabeza y una tilma que se ataban al cuello; para las mujeres un xolotón y enagua de una tela fajada, las plumas y los collares de hueso o pedernal. Los más andaban casi desnudos, hombres y mujeres, pero todos con adornos de obsidiana, de jade, de hueso o de conchas.

    Los vestidos que usaban los miembros de la clase noble consistían en una túnica corta y una capa, un plumero en la cabeza y sandalias. Las mujeres usaban varias túnicas llamadas hueipilli, gastando unos y otros adornos de oro y plata.

    Las casas las hacían de ramas de árboles y zacate o de adobe, de un sólo piso.

    Sus armas eran la honda, la flecha y la maza o garrote y el cuchillo o la lanza de obsidiana para atacar, así como el chimali o escudo para defenderse.

    Tenían sus templos, (3) generalmente pequeños, donde adoraban sus ídolos.

    Cuando les parecía bien solían abandonar sus pueblos, todos o una parte de sus habitantes e irse por algún tiempo a vivir a otro lugar.

    El cuidadoso investigador Lic. D. Francisco Medina de la Torre en sus Apuntes geográficos, estadísticos e históricos de San Miguel el Alto hablando de los indios «tecuexes», que eran los habitantes de esta región, dice: que eran politeístas, que sus dioses principales eran: Ixtlacateótl, venerado en Chapala (4) Teocatl (5) y Tlacatecólotl (6); a quienes ofrendaban animales del campo y flores silvestres. Tenían la creencia de una vida futura, por lo que a sus muertos los enterraban juntos con algunos objetos de barro y adornos.

    Entre ellos existía el matrimonio, con ciertas fórmulas rituales al contraerlo, y la poligamia, que tanto trabajo dio a los misioneros para quitarla.

    Las mujeres, al igual que los hombres, intervenían en los consejos del pueblo, concurrían a la guerra, trabajaban en la agricultura, en la alfarería y otras artes. En lo que sobresalía la mujer tecuexe era en hilar y tejer el algodón y el pochotl. Hilaban con el malacate y tejían el zozopastle.

    Al venir los conquistadores encontraron algunos campos cultivados de «centli» o maíz, varias clases de frijol o «patoles», el chili, el camotli, el tlalcacahuatl, («cacao de tierra», de tlalli-tierra y cacahuatl-cacao), el «metl» o maguey y el pochotl. A las siembras, que hacían generalmente en los cerros, les llamaban «coamilis», y para hacer estas labores usaban coas (de coatl-culebra, porque, tenían esta figura) que hacían de madera dura o de pedernal, hachas de piedras negras y cuchillos de obsidiana. (Hasta aquí Medina de la Torre).

    Su mercado lo hacían generalmente por cambio o permuta de sus sencillos objetos. Durante mucho tiempo, en esta región se usó como unidad de moneda, (según lo escribe el historiador tapatío Lic. Ignacio Dávila Garibi), un terno o grupo de tres pequeños costalitos, conteniendo diez granos de cacao cada uno de ellos, que llamaban «tapatiotl». Este nombre, acomodado primero a los habitantes de esta región, dio el gentilicio «tapatío», aplicado ahora de modo especial a los vecinos de Guadalajara.

    Todavía hace poco tiempo en Guadalajara las mujeres que vendían tortillas en los mercados hacían sus ventas por «tapatíos» o sea grupos de tres tortillas, que cotizaban a cierto precio.

    Tenían algunos juegos, entre otros, patoles, cañuela y «el ulama», o sea cierto juego de pelota, en el que apostaban cuando tenían.

    Para la guerra usaban flechas y mazos que eran unas piedras con un agujero redondo, y puestas en un palo de una vara más o menos de largo; y siempre que iban a la guerra se «embijaban» -como dicen los cronistas- el cuerpo con pinturas de colores y se colocaban en la cabeza unos plumeros, que fijaban en arcos de jaral, donde aseguraban las plumas con vistosos cordones de pochotl.

    En sus fiestas religiosas se adornaban recargadamente y bailaban al son del teponaxtle (especie de tambor de madera, que al ser golpeado produce un sonido lúgubre) y usaban una especie de castañuelas o cascabeles, de una piedra negra muy sonora.

    El culto historiador Ing. José López Portillo y Weber, al hablar de la rebelión de los indios del Mixtón, pinta, como un cuadro lleno de viveza y colorido, las actividades de los cazcanos preparando el golpe contra los españoles.

    «Los campesinos -dice- diéronse a guardar, después de las cosechas, el fruto de sus labores, que habían de servir para alimentar los guerreros.

    Los tlatoanis o capitanes se reunían secretamente para deliberar sobre la campaña y para ejercitar a sus hombres en nuevas tácticas impuestas por la necedad y aconsejadas por la experiencia.

    Los chicuelos, desnudos, corrían por los bosques, cortando varitas rectas, grandes y pequeñas, que habrían de servir para astas de lanzas, para flechas, para dardos. Los adultos buscaban gruesas ramas de madera dura, capaces de resistir el impulso que se les diera para aplastar con poderoso impacto un acerado capacete.

    Los cazadores raían y estacaban esmeradamente los cueros de las grandes bestias, los cuales habrían de convertirse en rodelas o escudos de muchos colores, y hacían acopio de plumas grandes para los altivos penachos, cortas para dar dirección, fijas a sus cabos, a las flechas voladoras.

    En las vetas de pedernal y en los yacimientos de obsidiana, los artífices arrancaban primero las piedras duras con las que habían de hacer sus lanzas y cuchillos, luego, mediante cinceles de piedras basálticas, con pequeños y hábiles golpes iban arrancando lascas o pequeños trozos para sacar por fin del negro núcleo cristalino puntas de flechas, cortantes navajas o largas puntas de lanza.

    Preparaban las mujeres en las cabañas los colores que habrían de cubrir los cuerpos de sus hombres con la ominosa pintura de guerra.

    En las montañas, por las noches, se escuchaba la salvaje ululación del nahual, que provocaba los aullidos de los coyotes.

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